Rodeado de pinos, palmeras, plantas tropicales y buganvillas, los jardines del complejo alicantino El Rodat se visten de plantas aromáticas, como el jazmín, la lavanda o romero, capaces de perfumar las suites.
El primer eslabón de la cadena AlmaHotels deslumbró a propios y extraños con el refinado lujo palaciego del The Schlosshotel Im Grunewald. La decoración lleva el sello inconfundible de Karl Lagarfeld, uno de los diseñadores más influyentes de los últimos tiempos como director creativo de Chanel.
Menudo privilegio para los huéspedes de la Hostería Monasterio de San Millán, en un ala del complejo claustral, poder caminar unos pasos desde sus alcobas hasta el lugar donde se exhiben las Glosas Emilianenses, aquellas líneas atribuidas a San Millán y que suponen el origen del castellano e incluso del euskera. Cuna de esas lenguas, por tanto, es este Códice Emilianense 60 escrito en el siglo X en el conocido como El Escorial de La Rioja.
Tres siglos, cuatro generaciones y cinco estrellas. El eslogan del Gran Hotel La Perla avala la tradición y el reconocimiento a esta antigua fonda. Ernest Hemingway, Orson Welles, Manolete, Imperio Argentina, Charles Chaplin... Los huéspedes más ilustres de cada época. El hotel desde donde contemplaban los Sanfermines. Incluso tras su renovación, la historia sigue presente en este hotel que es todo un clásico de la ciudad de Pamplona.
El lujo belle époque y el atento servicio de María Cristina, todo un clásico en la playa de la Concha, se complementa tras la renovación de 2012 con el restaurante Tse Yang del Café Saigon, una nueva propuesta gastronómica envuelta en puro estilo asiático, y que ofrece una amplia variedad de especialidades cantonesas.
El hotel AC Ciudad de Tudela conserva la fachada original del que antaño era el edificio de la Beneficencia de la ciudad.
Hasta 110 hectáreas de olivos y 6.500 metros cuadrados de jardines acompañan al hotel Mas La Boella, que además cuenta con un molino de aceite. Las variedades del mágico elixir cultivadas en el hotel son: arbequina, arbosana y koroneiki. Estas dan sabor a los menú del restaurante.
No son pocas las curiosidades atadas al hospedaje de La Casueña. Su original decoración artística a cargo de Vicente García Planas; la tradición literaria de sus alcobas, bautizadas con nombres de autores ilustres y provistas de sus más icónicos ejemplares; y su enclave, esa aldea de las nueve Justicias de Aragón llamada Lanuza que vio cómo parte de su fisonomía quedaba anegada por las aguas del embalse. Luego no alcanzó la elevación prevista y hubo que retomar el pulso al tiempo salvando la piedra reflejada en las orillas, la iglesia sobre la peña Foratata y alumbrando, claro, el hotelito de marras.
La extraordinaria conservación del Convento de San Benito hace que no sólo se haya convertido en un museo sacro y de arte antiguo sino que además llegue a lucir al igual que en tiempos del siglo XVI detalles como algún torno por donde las monjas porteras despachaban los dulces elaborados en el interior del cenobio.
La historia del hotel Can Boix es la historia de un linaje, el de los Pallarès, una familia que se ha perpetuado en la propiedad de este hospedaje del Alto Urgell desde hace diez generaciones. Las peripecias y avatares de esta crónica de pioneros que se remonta a mediados del siglo XVIII no sólo es transmitida en voz de los actuales protagonistas, sino que está a disposición de los huéspedes del hotel gracias a los libros escritos por Jesús Pallarès i Bach, hijo de la casa (1922), y que relatan esta historia, la de su familia y las vivencias de algunos de los personajes que habitaron estos parajes. Por ejemplo, Madera de Boj, Can Boix 1763-2005.