Quinta da Rochinha 9360-529 Ponta do Sol /Madeira (Madeira|Portugal)
Gracias a su particular estilo arquitectónico y a sus espectaculares vistas sobre el océano, casi parece una isla dentro de otra. Encaramado en un promontorio rocoso a 20 minutos en coche de Funchal, el hotel presume de su condición de vigía bajo el arco diurno que recorre el sol. Frente al Atlántico se sitúan las mesas del comedor, un paralelepípedo de vidrio concebido por el arquitecto Tiago Oliveira. Aquí hubo en tiempos una quinta de madeirenses adinerados a cuyos dos cuerpos centrales se han añadido, tras su reconversión hotelera, otros tres edificios de nueva planta.
Las cajas descompuestas que arman el complejo aprovechan su escalonamiento sobre el cantil para abrirse al horizonte oceánico a través de cristaleras, terrazas o espacios liberados. La piscina de vaso desbordante confirma la impresión de armonía entre interior y exterior.
Las habitaciones no podían ser menos y se alimentan de la incansable luz solar desde sus terrazas, grandes y luminosas, repletas de detalles domésticos y una estética minimalista. Miran al mar a través de una plantación de plátanos descamisada sobre una colina vecina.
Completa la información del hotel con las recomendaciones y la Crítica de Fernando Gallardo.
dobles: 54;
todas con
calefacción, aire acondicionado, TV satelite, videojuegos, caja fuerte, minibar de pago, cafetera, habitaciones no fumadores, albornoz, secador de pelo
jardín, piscina exterior, zona WIFI, salas de convenciones gimnasio, sauna, Spa, transporte al aeropuerto
bar cafetería, restaurante, restaurante al aire libre
admitidas
Nunca.
Andre Diogo
La playa de Jardim do Sol, situada a unos 20 minutos del hotel Estalagem da Ponta do Sol, es conocida por los aficionados al surf como ‘El Hawai de Europa’.
Colgado al lado del tríptico encarnado que anima la recepción, se puede leer de un libro transformado en cuadro lo que se quiere decir – o entender – por “lugar, no lugar y lugar común”: “Los no-lugares, (…), los aeropuertos, las estaciones aeroespaciales, las grandes cadenas hoteleras movilizan el espacio extraterrestre para fines de una comunicación tan extraña que se limita, muchas veces, a poner el individuo en contacto con la otra imagen de si mismo”.
Así se entiende este establecimiento de nueva construcción. Situado en lo alto de una roca que se precipita sobre el mar, un módulo cúbico con vistas al poniente alberga a 54 alcobas vestidas e iluminadas con naturalidad, tanto por su orientación como por la blancura de su vestimenta.
La piscina exterior juega con el efecto óptico y confunde sus límites con el mar. Más abajo, en la cara poniente de la villa, la fachada de cine, amarillenta por el ocaso, ocasiona los murmurios de quien se ha entregado al té y a los periódicos. El sol está a punto de desvanecerse, y un puente suspenso lleva en dirección a las alcobas.
En la penumbra, el camino a recorrer está en dirección al bar, que abre sobre el balcón colonial de la casa madre de la vieja quinta el suelo de mosaico blanco y negro. Para matar el resto del tiempo, restaurante, sauna, jacuzzi, gimnasio y mesa de billar. Las bicicletas de montaña ayudarán a dar buena cuenta de lo que hay alrededor.
La playa es pequeña y está llena de piedras.
Sobre el Atlántico desde sus habitaciones y, sobre todo, desde la piscina infinity edge (desbordante sobre la línea del horizonte). También se ven las casas del pueblo de Ponta da Sol, poco frecuentado hasta ahora por el turismo. Un lugar tranquilo de muros blancos y tejados rojos.
Ponta do Sol es un pueblecito al sur de Madeira cuya población, de unos 8.000 habitantes, vivió hasta hace poco de las bananeras. Su principal atractivo es la casa de Jean d'Esmenault, un marinero que estuvo una temporada con Cristóbal Colón cuando estudió en la isla.
Jardim do Sol, la meca del surf, se encuentra a 20 minutos del hotel.
Nada que ver con los típicos hoteles de edificios altos e innumerables pasillos. Tiene unas vistas fantásticas desde la piscina. En cuanto al honesty bar, nada de gratuito aunque pueda parecerlo. Porque no hay camarero pero, si preguntas, te explicarán que si coges algo lo tienes que anotar. Hay un bloc típico de camarero encima de la barra y las tarifas de precios en las cartas. Sí tengo que decir que hay un ambiente especial. Los desayunos de bufé son completísimos: bollería, zumos, panecillos, frutas, cereales, embutidos, tés, cafés, huevos, bacon, frankfurt, pimientos, tomates... Se me hace la boca agua cada vez que me acuerdo.