Trinita dei Monti 6 00187 Roma (Lazio|Italia)
Propiedad de Roberto E. Wirth, quinta generación de la familia de hoteleros Bucher-Wirth, una estirpe suizoalemana enamorada de la Ciudad Eterna, este hotel figura en los primeros puestos de varias listas internacionales sobre los mejores del mundo. Encaramado sobre la escalinata de la plaza de España desde 1885 es, desde luego, uno de los más elegantes de Roma. No en vano, toma su nombre de la familia que financió el Renacimiento italiano y que disponía en las proximidades de otra villa con mayores lumbres.
Custodiada por un portero de estricta librea, la puerta principal registra a todas horas un intenso trasiego de viajeros. El servicio de recepción es amable y muy eficiente, a diferencia del que hacen gala en la conserjería los antiguos empleados de la casa, con el colmillo un tanto retorcido.
El vestíbulo, revestido de maderas nobles, arcos y columnas de mármol travertino, se prolonga hacia el interior en una solemne estancia reservada a las recepciones oficiales o la ensimismada lectura de los huéspedes, donde la prensa diaria se ofrece como antaño, en refinados ojeadores de madera.
El bar, muy concurrido, está amenizado en horas vespertinas por un pianista de etiqueta. Dado el ambiente clásico y distinguido que destila en todos sus poros el hotel -y cuya medida tendrá posterior reflejo en la factura-, la mayor parte de la clientela suele ser de edad avanzada, singularmente de procedencia norteamericana.
Las suites predominan sobre las habitaciones de tipo estándar, repletas también de lujos y encantos. Las nuevas, enteladas y alfombradas en amarillo, con una greca en bajorrelieve en los ángulos del techo, desprenden un grato olor a limpio combinado con otras naturales fragancias. Aunque el televisor, contrariamente a lo conseguido con el minibar, chirría por su modernidad entre tanto detalle barroco.
Los cuartos de baño parecen de ensueño. Grandes, confortables, luminosos... Atiborrados de atenciones cosméticas personalizadas con el nombre del hotel. Sin olvidar los placeres tónicos que proporciona la bañera, entera de mármol, en un edículo decorado con un fresco de aires clásicos pintado a mano. Y el último capricho de la casa: una cámara fotográfica instantánea obsequiada al huésped para que recuerde mañana su paso por la ciudad eterna.
Pero lo que nadie olvidará jamás son las vistas sobre los tejados y cúpulas de Roma desde el comedor-terraza instalado en el ático, única manera de justificar los 30 euros que cuesta el insípido bufé de desayuno. Ni la fruta se exhibe tentadora, ni la bollería está en su punto. El chef se reserva mejor para los honores de la cena, a media luz, como rezan las reglas internacionales de la etiqueta, concediendo todo la rutilancia a la cúpula que Miguel Ángel diseñó para el Vaticano, percibida a través de los cristales.
Obligatorio de noche el uso de corbata, salvo para las mujeres.
individuales: 9, dobles: 73, suites: 13;
todas con
calefacción, aire acondicionado, TV satelite, videojuegos, radio, lector DVD, mesa de trabajo, minibar de pago, prensa diaria, habitaciones no fumadores, albornoz, secador de pelo
zona WIFI, salas de convenciones con capacidad para 250personas
servicio de canguro
Nunca.
Robert E. Wirth
La joya del palacio se encuentra en la planta sexta, en el restaurante acristalado del hotel, el mejor lugar de Roma para cenar unos espaguetis con langosta a la luz de las velas, con una inmejorable panorámica sobre los tejados de la ciudad y el Vaticano.
Ambiente recargado, no apto para circular vestido de cualquier manera. Hay que cuidar mucho la cortesía y el protocolo de la elegancia, sin llegar a ser del todo estirado.
Las habitaciones de categoría superior brindan el lujo príncipesco de dormir entre mobiliario neoclásico y piezas art decó.
Iglesia de la Trinitá dei Monti, desde algunas de sus habitaciones y suites.
Desde el ápice pinciano de la Trinità dei Monti, Roma se parece más a sí misma que ninguna otra ciudad en el mundo. Las odas escritas en su exaltación por Goethe, Keats, Byron, Ruskin, D'Annunzio y otros autores clásicos apenas interpretan, más allá de sus luces y sus sombras, todo lo que hoy es capaz de escudriñar una mirada curiosa, adicta a las habitaciones superiores del hotel-monumento Villa Medici. En primer plano, el obelisco de Salustiano y la gran escalinata descendente hacia la plaza de España, foro cotidiano de la juventud bullanguera y cosmopolita. En segundo, el laberinto sensual de callejas, fuentes, huertos, atalayas y ruinas que conforman la identidad histórica de la ciudad. Y el reverbero amenazante del tráfico viario... el guirigay de los telefoninos sonando desde todas las esquinas... las terrazas con calefacción de las viejas trattorías... O la retahíla de escaparates firmados por los verdaderos apóstoles del lujo: Versace, Armani, Gucci, Ferragamo, Dolce & Gabanna...